Columbia y la libertad de expresión
Escrito por Blogger on Octubre 16, 2007
La Universidad resistió las presiones para cancelar la invitación al presidente de Irán
Cita:
La educación superior en Estados Unidos, envidia del mundo entero, enfrentó dos pruebas el mes pasado. Pasó una y reprobó la otra.
La Universidad de Columbia en Nueva York resistió la presión de los políticos y los medios de derecha de cancelar una invitación a Mahmoud Ahmadinejad, el presidente de Irán inspirador del terrorismo, negador del Holocausto y que odia a Estados Unidos. Habló, quedó generalmente como un tonto ante la audiencia estadounidense y no ganó conversos.
A unos 4.800 kilómetros, la Universidad de California reprobó una prueba muy simple: increíblemente, canceló una invitación a cenar a Larry Summers, uno de los economistas más eminentes de Estados Unidos, ex secretario del Tesoro y ex presidente de Harvard. La razón: algunos profesores de izquierda acusaron a Summers de discriminación sexual y racial. La verdadera razón: mantenerse en una línea políticamente correcta y la cobardía.
Juntas estas experiencias académicas gemelas subrayan lo que desde hace tiempo ha sido motivo de fricción entre el libre intercambio de ideas y la presión política. La libre expresión es fácil cuando es respetable; es más difícil, y quizá igual de necesaria, cuando es repulsiva.
El punto es sustituir la expresión y el debate por la fuerza; eso ciertamente incluye opiniones que son objetables. Quizá más que ninguna otra institución, una universidad es un lugar en el que podemos escuchar varias opiniones con gente capaz y con interés y curiosidad de evaluar esas opiniones.
INDIGNACIÓN. La indignación por la invitación de Columbia fue histérica: los políticos se atropellaban unos a otros por denunciarla; el New York Post, propiedad de Rupert Murdoch, arremetió contra la universidad por exponer a sus estudiantes a un “matón”; el director de una prominente organización judía advirtió que el discurso daría a Ahmadinejad una “legitimidad” en la escena mundial. Imagínense, se quejaron algunos, que hace setenta años se invitara a Adolf Hitler a una importante universidad estadounidense.
El presidente de Columbia, Lee Bollinger, experto en la Primera Enmienda, no cedió a la presión, algo encomiable. Cuando presentó a Ahmadinejad, lo flageló, lo que complació a los críticos de su decisión previa e indignó a algunos de sus defensores.
La efectividad de esa táctica es debatible: probablemente le ganó simpatías al iraní en el mundo musulmán, y podría haber sido contraproducente. Sin embargo, como dice la profesora Marvin, aunque “puede haber una manera más constructiva de hacerlo, la decisión de Lee Bollinger de penetrar un resguardo ceremonial y debatir sobre temas sustanciales es absolutamente apropiado y constituye un experimento interesante de promoción de la libre expresión”.
NO HAY GAYS EN IRÁN. El acto en sí fue útil. Junto con sus usuales insultos, el líder iraní insistió en que no hay homosexuales en Irán, ni uno solo, y dijo que las mujeres tienen más libertad que en ningún otro lugar del mundo. Cualquier esperanza de que los estudiantes de Columbia se registraran en la guardia revolucionaria de Irán se desvaneció.
La noción de que Columbia elevó al líder iraní o le dio legitimidad es infundada. Mucho antes de que se le formulara la invitación, ya dominaba la atención de los líderes estadounidenses y europeos y la cobertura noticiosa, incluso dio una larga entrevista para el programa “60 Minutes” de CBS-TV el 23 de septiembre. Este hombre peligroso, demagogo y posiblemente delirante no necesitaba a Columbia para conseguir legitimidad.
Si Hitler hubiera venido a la universidad en 1937, es difícil pensar que los ocho años siguientes hubieran sido peores. Y quizá como Ahmadinejad en el caso de los gays, si Hitler hubiera revelado más de su odio perverso, algunos estadounidenses hubieran empezado a pensar más en ayudar a los judíos europeos.
IMPULSO A LA INTOLERANCIA. El valor de la libertad de expresión no es que las ideas valiosas triunfan invariablemente sobre las menos valiosas; el mercado intelectual es más complicado. Es así: como Bollinger ha dicho, en la naturaleza humana hay un “impulso hacia la intolerancia”. Por lo tanto, la sociedad “se fortalece con el ejercicio de la tolerancia”.
Uno pensaría que los académicos aprecian esto más que nadie. No obstante, el reverso de la presión política que amenaza la libertad de expresión en las universidades es el ser políticamente correcto, que también busca censurar.
Raramente esto ha quedado de manifiesto de manera más abusiva que cuando varios profesores de la Universidad de California exigieron que una invitación a Summers, de 52 años, para hablar a la junta de regentes en una cena en Sacramento fuera cancelada.
Cuando Summers fue presidente de Harvard, una vez habló con poco tacto sobre la razón por la cual más mujeres no se destacaban en matemáticas y ciencia. Fue un comentario descuidado que no meditó lo suficiente. Sin embargo, es un sinsentido argumentar, como lo afirmaba la petición antiSummers, que esto lo convierte en el símbolo de “prejuicio sexual y racial entre el profesorado”.
REGENTES ACOBARDADOS. Sin embargo, la junta de regentes de California se acobardó y canceló la participación de una de las figuras públicas más relevantes de Estados Unidos. El presidente de los regentes, Richard Blum, está bien respaldado e informado en cuestiones políticas. Dice que no pensó “que valiera la pena” tener una cena que fuera motivo de controversia, aunque reconoce que la petición de los profesores “malinterpretó al Dr. Summers y sus credenciales”. Sin duda lo hizo, y cancelar la participación de un orador por unos cuantos profesores quejumbrosos produce mucha más controversia.
Los intentos de evitar a ciertos tipos de oradores en campuses universitarios no son nada nuevo. En los años sesenta Carolina del Norte, entre otros estados, prohibió a los comunistas hablar en universidades públicas.
Yo fui a una universidad privada de Carolina del Norte que invitó a un funcionario comunista de la Unión Soviética. Esto fue poco después de que se erigiera el Muro de Berlín.
El burócrata soviético ofreció razones ridículas para justificar el muro. Después un profesor de ciencias políticas le hizo una pregunta sencilla: “¿Porqué todo el flujo es de gente del Este que intenta ir al Oeste?”. El se quedó perplejo, y en la audiencia el encanto entre los jóvenes con el comunismo se desvaneció.
La semana pasada alguien preguntó si querría gastar US$ 40.000 en aranceles universitarios para que mi hijo escuchara a Ahmadinejad. Yo sé lo que es desembolsar US$ 40.000 al año y no quiero que mis hijos vayan a una institución que veta a oradores porque son políticamente incorrectos o porque están locos.
Fuente: El pais












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